En Colombia hay personas que nunca en su vida han tenido, ni lo van a tener, contacto con profesionales que ejercen los más disímiles oficios. Importantes mujeres y hombres no alcanzan a establecer durante su trayectoria una relación laboral o de consejería con quienes los rodean o se encuentran a distancia.

Se establecen probabilidades altas y bajas. La necesidad de tener contacto con un economista o un biólogo marino, con sus múltiples e importantes funciones, a través de la vida de un ciudadano del común es baja. Los ejemplos son innumerables y cada quien puede hacer la lista y se dará cuenta de la infinidad de profesionales que están ahí, pero nunca los empleará para sus labores cotidianas.

Sin embargo, todos tendrán en algún momento de su vida relación directa con un médico, o con quienes ejercen sus funciones en grupos especiales de población, aunque solo sea una vez.

Con motivo del Día Panamericano del Médico, celebrado este 3 de diciembre en honor al nacimiento del médico cubano Carlos Juan Finlay y Barrés, es necesario considerar varios enfoques sobre lo que significa el médico y lo que se espera de él.

Por ahora, es innecesario hacer un recuento histórico de quienes hacían las veces de médico, desde los primeros Homo sapiens sapiens hasta ahora, en camino a cambios radicales en los comportamientos humanos derivados de la genética, la psiquiatría, la bioquímica, la inmunología, la robótica y la biología molecular, para solo citar algunas ciencias.

El médico de ahora, y siempre, está bajo distintos condicionamientos impuestos por los desarrollos dados por el mismo ser humano, con sus ilimitadas posibilidades creativas pero siempre bajo la tutela de Hipócrates.

Recientemente, el significado de la presencia del médico ha variado. Hasta hace 28 años la relación del médico con sus pacientes, familias e instituciones era totalmente distinta en Colombia. De la tradicional concepción sumisa del paciente e incontrovertible mandato del médico, varió a una situación en donde el doliente adquiere un papel fundamental en la responsabilidad y manejo de su salud, que ya había sido consignada en la nueva Constitución.

Por fortuna, la labor del médico continuó, pero lamentablemente se desplazó de la salud pública, invirtiendo un eje esencial que venía ejecutando hace milenios. Además, no ha sido enfático en exigir con entereza la responsabilidad del Estado por la salud de todos sus asociados.

Parodiando a lo expresado bellamente por el jesuita Alfonso Llano Escobar, la medicina es una profesión para toda la vida. La medicina no es un oficio: Es un proyecto de vida. Lo demás se queda a la vera del camino en el duro trasegar del médico, el cual enfrenta con una inmensa vocación y compromiso.

Los médicos jamás han sido dioses, no lo pueden ser, aunque muchos lo crean o así lo consideren. El médico es y debe ser una persona profundamente convencida de su misión frente a los seres humanos. El médico es un ser que no se aparta de las dificultades y oportunidades que tienen los demás seres humanos, pero tiene la fortaleza para sobreponerse a los yerros y mantener la ecuanimidad ante los logros.

El médico no es un tecnólogo ni un técnico, ni un omnipresente, aunque en el ejercicio de su profesión tenga que utilizar la tecnología y emplear la técnica apropiada en diferentes frentes preventivos, diagnósticos, terapéuticos y de rehabilitación. En otras connotaciones como en educación, administración, investigación, auxiliares de la justicia y proyección social, los mecanismos de trabajo y las herramientas pueden variar, pero el médico seguirá siendo médico.

Al médico no se le puede exigir más de lo que puede dar con todas sus fuerzas, intelecto, conocimiento, diligencia, pericia, prudencia y humanismo. Aunque no siempre será posible conservar la vida de sus pacientes, sometidos al triste ajetreo inconcebible de los tortuosos caminos de la administración de la salud.

 

Fuente: Periódico la Patria

Fecha de publicación: Martes, Diciembre 5, 2017

Tema: Opinión

 

 

 

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